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Poema latino del Cid

Carmen Campidoctoris


I
1. Podríamos cantar las gestas célebres
de Paris y Pirro, y las de Eneas,
que ya escribieron con gran alabanza
muchos poetas.

II
5. Mas ¿qué ayudarán las paganas gestas,
ya envejecidas por su lejanía?
Mas cantemos ya las guerras recientes
de nuestro héroe.

III
9. Si intentara abordar todas las gestas
de vencedor tan grande, ni mil libros
las narrarían, si con gran esfuerzo
cantara Homero.

IV
13. Pero yo, sabedor de escasas artes,
aun loando un poco de gestas tantas,
daré velas a poéticos vientos,
pávido nauta.

V
17. ¡Con alegría oíd, oh muchedumbre
del pueblo, del Campeador la gesta!
Y más quienes confiáis siempre en su ayuda
¡acudid todos!

VI
21. Él ha nacido de noble linaje,
que no hay en Castilla otro mayor;
supo Sevilla y la orilla del Ebro
quién es Rodrigo.

VII
25. Este fue su primer combate célebre,
cuando adolescente venció al navarro;
por boca de los valientes se llama
Campeador.

VIII
29. Así brindaba ya qué lograría,
pues superaría lides de condes,
a pie tomaría mesnadas regias
él con su espada.

IX
33. Y le estimó Sancho el rey de su tierra,
viendo al joven emprender grandes gestas,
puesto que quiso confiarle el mando
de sus mesnadas.

X
37. Se opuso el héroe, Sancho iba a darle
un más importante cargo en la Corte,
si tan presto no llegara la muerte
inexorable.

XI
41. Tras su muerte con engaño tramada,
el rey Alfonso consiguió su cetro;
y le dio, cual prometiera su hermano,
toda Castilla.

XII
45. Y con mucho más comenzó a apreciarle
queriendo elevarle sobre los otros,
hasta que comenzaron a envidiarle
los palaciegos.

XIII
49. Y decían al rey: “Señor, ¿qué haces?
Contra ti mismo lanzas desventura;
cuando permites brillar a Rodrigo,
nos menosprecia.

XIV
53. Habrás de saber que nunca ha de amarte,
porque fue palaciego de tu hermano,
siempre urdirá y tramará contra ti
males aciagos.

XV
57. Y prestó oídos a estas palabras
de murmuradores el rey Alfonso,
celoso y temiendo perder el reino
y sus honores.

XVI
61. Todo su amor trocó en ira de pronto,
y maquina contra el Cid al acecho,
lanzando lo sabido por sospechas,
cosas sin peso.

XVII
65. Ordena al varón salir de su tierra:
el Cid comienza a vencer a los moros,
arrasa reinos y urbes de España
con gran saqueo.

XVIII
69. Llega a la corte real un rumor:
el Campeador con gente agarena
les prepara ya un mortífero cerco
con asechanza.

XIX
73. Junta airado el rey sus caballerías,
le prepara la muerte, si no es cauto,
ordena degüellen al Cid de priesa,
si es capturado.

XX
77. Lanzó el dicho rey al Conde García
orgulloso de luchar contra el Cid;
el Campeador redobla su triunfo
y el campo es suyo.

XXI
81. Esta era la victoria segunda,
García con muchos cayó cautivo;
Cabra fue el lugar donde su mesnada
fue capturada.

XXII
85. Y por todos los parajes de España
su nombre es celebrado entre los reyes
y todos le temen de igual manera
y le agasajan.

XXIII
89. Entabló también un tercer combate,
que Dios le permitió ganar airoso,
puso en fuga a unos, tomó a otros
asolándolos.

XXIV
93. Pues el marqués, conde de Barcelona,
a quien dan tributos los madianitas,
tornóse aliado de Alfagib de Lérida,
antes hostil.

XXV
97. El castro zaragozano asediaban,
que llaman Almenar ahora los moros,
les pide el vencedor le den la plaza,
den el sustento.

XXVI
101. No quieren ellos ceder a sus ruegos
ni pasar le dejan en su camino,
manda de pronto que se armen los suyos
sin demorarse.

XXVII
105. El mismo Cid se vistió la loriga,
nunca hombre alguno vio alguna mejor;
ciñó la espada que en oro forjó
mano maestra.

XXVIII
109. Blande su lanza muy bien construída,
pulida en fresno de afamado bosque,
y aderezó su pica y punta fina
con hierro fuerte.

XXIX
113. Y porta en su brazo izquierdo un escudo,
que estaba ornado totalmente en oro,
llevaba un dragón pintado de modo
maravilloso.

XXX
117. Cubre su testa refulgente casco
que ornó el armero con planchas de plata,
y lo adornó con mezcla de oro y plata
alrededor.

XXXI
121. Cabalga un caballo que un moro trajo
de allende el mar y ni por mil monedas
de oro lo vende, corre más que el viento,
salta cual ciervo.

XXXII
125. Cabalgando el corcel con tales armas,
nunca fueron superiores al Cid
Paris ni Héctor en la guerra de Troya
ni ahora los hay.

XXXIII
129. Entonces impreca………………….
(Y siguen una decena de estrofas raspadas en el manuscrito).


SERAFÍN BODELÓN
Universidad de Oviedo