Skip to content

Título séptimo,

Título séptimo: De cómo la Virgen María, concibiendo por obra del Espíritu Santo, dio a luz sin contacto de varón.

M.- Querría que me hablaras ahora de María y de cómo pudo parir sin obra de varón. Yo, si puedo, pondré reparos a lo que digas.

P.- Nosotros creemos que concibió sin cópula de varón porque quiso Dios que llegara sobre ella el Espíritu Santo y, cubriéndola con la sombra de sus miembros, se reunieron sus fuerzas en un solo punto.

M.- Cosa ciertamente admirable y difícil de entender es que pueda ser engendrado en la madre un hijo sin padre carnal. Pues vemos que, en la generación humana, una criatura no puede ser engendrada sin el concurso de dos naturalezas, un hombre y una mujer.

P.- ¿Por qué lo encuentras admirable e inefable cuando ya oíste algo semejante, a lo que prestamos fe vosotros y nosotros, es decir, que Eva fue procreada sin madre [Gen. 21, 22], solamente de la carne de Adán?

M.- Pudo suceder esa generación por milagro, como también ésta, pero de aquélla tenemos autoridad porque la legitimó Moisés, de quien nadie desconfía, pero no creo que exista alguna autoridad acerca de la otra. No obstante, si has encontrado algo en los libros de los profetas, conviene que lo digas.

P.- No sólo puedo citar una autoridad sino muchas, ya que en muchos pasajes de los profetas se habla de la futura natividad de Cristo.

M.- Si haces lo que dices, defenderás ciertamente tu fe.

P.- En principio recuerda lo que dijo Isaías a Acaz, rey de Judá. Pues, como se abalanzaran sobre él sus enemigos, el rey de Armenia y el rey de Israel, Isaías le habló así: “No temas, oh Acaz, porque no será destruido Jerusalén y no dudes. Pide para ti un signo del Señor, tu Dios, en las profundidades del infierno o en lo alto” [Is. 7, 11-12]. Y dijo Acaz: “No pediré y no tentaré al Señor”. Conociendo Isaías que Acaz no había hablado de buena fe, al contrario, que ni temía ni amaba a Dios, le contestó: “Oíd, pues, casa de David, ¿acaso os parece poco el hacer agravio a los hombres que osáis también hacerlo a mi Dios? Por tanto, el mismo Señor os dará la señal. Sabed que una virgen concebirá y parirá un hijo y le llamará por nombre Emanuel” [Is. 7, 13-14]. Y ciertamente esta profecía se refería a Cristo y fue repetida por un ángel a la beata María. 

M.- Y cómo puede ser tenido por cierto que Isaías haya profetizado a Acaz a propósito de Cristo, como dices, y que las mismas palabras fueran dichas a María cuando entre Acaz y María hay, como sabes, muchas centenas de años? 

P.- Si no crees que esas cosas fueron dichas por Cristo y María, ¿por quién, pues, piensas que fueron dichas?

M.- Ciertamente por la esposa de Acaz y por su hijo Ezequías, que nació de ella.

P.- Lo que dices es falso y afirmáis esto o por ignorancia o porque no reverenciáis a Dios ni le prestáis honor, hasta el punto de que os atrevéis a mentir y a pensar de Él con malevolencia. Pues, cuando estas palabras fueron dichas a Acaz él era ya rey y su hijo Ezequías pasaba ya de los nueve años pues en el primer día del reinado de Acaz éste tenía ya veinte años y reinó dieciséis [4 Reg. 16, 2]. De ello se deduce que su hijo Ezequías, que le sucedió en el trono, tenía veinticinco años cuando accedió a él. Resulta pues que, cuando Acaz fue hecho rey, Ezequías tenía nueve años [4 Reg. 18, 2]. Así que esta profecía de la que estamos hablando no fue pronunciada ni por la mujer de Acaz ni por su hijo Ezequías.

M.-Quiero que me expliques y que me demuestres que esa profecía se refería a María y a su hijo.

P.-En las mismas palabras de la profecía encontraré muchos argumentos con los que pueda fácilmente convencerte de que no fue pronunciada por Acaz o su hijo sino por María y su hijo, Cristo. Pues, aunque el profeta hable en ella a Acaz, no se refiere solamente a él sino a su tiempo. Por eso, pues, se dice “oíd, casa de David” y “oye tú, Acaz”. Igualmente cuando el profeta dice “El Señor os dará una señal”, al añadir “el mismo”, es como si dijera “no otro” y de esto se puede entender que el mismo Señor sería esa señal. Al decir “a vosotros” y no “a ti” bien da a entender que no habla solo por Acaz ni se dirige solamente a él. En cuanto a lo que viene a continuación, “He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo y lo llamará por nombre Emmanuel”, con ello bien se entiende que el profeta no se refirió, al decirlo, a Ia mujer de Acaz ni a su hijo, pues no hubiera llamado virgen a una mujer casada ni hubiera sido milagro o signo alguno que una mujer que tenía esposo hubiera de concebir o de dar a luz un hijo. Hasta el punto de que incluso en que diga “llamará” hay que notar dos cosas: que Dios quería que su hijo fuera llamado así y que la Virgen daría a luz un hijo sin contacto carnal; por eso dice “llamará” como si dijera “solo ella lo llamará y no su padre”. Pues sabemos que ningún hijo de Acaz ni ningún otro hombre de aquel tiempo fue llamado con el nombre de Emmanuel.

M.- Me admiro de que tú, un hombre tan perito en nuestra lengua, confundas así las palabras y perviertas las Escrituras. Pues sabes bien que el profeta no puso, en hebreo, un nombre que deba ser traducido al latín por virgen, porque si hubiera querido utilizar esa expresión hubiera escrito “bethula”,  pero puso “halma”, que significa solo jovencita.

P.- No tienes razón oh Moisés y demuestras que no conoces la lengua hebrea ni la nuestra. Pues una mujer puede ser llamada “bethula”, sea joven o vieja, mientras es virgen, pero, cuando es joven, sea virgen o no, puede ser llamada “nahra”: sin embargo el nombre de “halma” no se da a ninguna sino a la que es joven y virgen. Y en cuanto a lo que añade el profeta cuando dice del niño: «Comerá manteca y miel hasta que sepa desechar lo malo y escoger lo bueno” [Is. 7, 15], respóndeme, Moisés, ¿qué se entiende por miel y manteca? ¿Es una alegoría o simplemente significa miel y manteca?

M.- Nosotros lo entendemos de una manera simple, es decir, que será sabio y conocedor de bien y del mal; por eso comerá miel y manteca que es algo dulce y bueno.

P.— No puede ser considerado sabio solo porque coma miel y manteca. Pues aunque ambas sean dulces, no son saludables ni buenas. Y el que come una cosa que ni es saludable ni buena, ¿cómo puede ser sabio? Pero si quieres entenderlo de otra manera. que también es posible, a saber, que comerá miel y manteca para saber rechazar lo malo y elegir lo bueno; esto es, que comiendo miel y manteca conocerá el bien y el mal y por tanto será sabio, si así, repito, lo entiendes, no me parece inteligente. ¿Cuándo se ha encontrado en la naturnleza que miel y manteca confiera la sabiduría?

M, Ciertamente nunca.

P.- No nos queda, pues, sino interpretarlo alegóricamente.

M.- ¿Y qué alegoría ves ahí?

P. Bajo estas dos expresiones, es posible entender ambas leyes, el Evangelio y la ley de Moisés. Pues en muchos pasajes de los profetas encontramos que las palabras del Señor son comparadas a la miel y a la leche.

M.- ¿Y qué significa lo que sigue: “Antes de que el niño sepa reprobar lo malo y elegir el bien, la tierra que tú detestas será desamparada de sus dos reyes” [Is. 7, 16]? ¿Qué quiso decir el profeta con estas palabras? Pues parece dar a entender que el niño al que se refiere la profecía ya había nacido en aquel tiempo.

P.- ¿Pretendes, Moisés, leer las palabras de los profetas como si fueran proferidas por los hombres? Eso es imposible. Pues son como palabras pronunciadas entre sueños o por hombres que padecen una fiebre elevada o que deliran por alguna otra causa; no son proferidas en un orden lógico ni hay en ellas coherencia entre lo dicho antes y después sino van siendo pronunciadas conforme las va revelando el Espíritu Santo. Por esto aquellas palabras de Ia profecía deben ser relacionadas así: manteca y miel comerá sabiendo rechazar el mal y elegir el bien, porque se sobreentiende que, antes de comerlo, ya sabe reprobar lo malo y elegir lo bueno. Esta es la verdad en hebreo y así, por fin, termina aquella profecía que se refería a la casa de David por causa de la impiedad de Acaz. Pues lo que sigue “la tierra será desamparada, etcétera”, se dice por otra cosa como encontraremos en otro lugar. Pues se lee en el Éxodo : “Dijo Moisés al Señor: “¿Quién soy yo para ir a presentarme al faraón y sacar a los hijos de Israel de Egipto?”. El Señor le respondió: “Yo estaré contigo y esta señal la tendrás de que yo te había enviado, que será así: cuando hayas sacado a mi pueblo de Egipto, ofrecerás un sacrificio a Dios sobre este monte “. “Cuando hayas sacado a mi pueblo, etcétera” parece ser signo de aquello que dice: “que yo te había enviado”, pero no lo es. Pues, sacado de Egipto su pueblo y cuando Moisés inmolaba la victima sobre aquel monte, ya sabían todos que era profeta y que había sido enviado por Dios. Así pues, empezó a decir, como profeta, algo distinto de lo que antes había dicho. Y si me contradices y me preguntas cuál fue aquel signo, sabe que es eso que dijo de “yo estaré contigo’.

M.- Si es así, ¿qué es eso que dice después: “Antes de que sepa el niño amar a su padre y a su madre, ya el rey de los asirios había destruido el poder de Damasco y saqueado Samaria»? [Is. 8, 4]. ¿No son dichas todas estas cosas del mismo niño, es decir, de aquel que nació antes de la destrucción?

P.- No pensamos que todo sea dicho de Cristo, porque ciertamente algunas cosas como éstas pudieron ser dichas no de Él sino de aquel niño del cual el Señor dice al profeta: “Llámalo, dijo, por un nombre que signifique: ‘Coge aprisa los despojos, apresúrate a coger la presa’” [Is. 8, 3], o de algún otro.

M.-Yo te demostraré que aquel niño, que fue llamado Emmanuel, nació en aquel tiempo. Pues, hablando el profeta de la llegada de rey Asur sobre la tierra de Judá, dice de él: “Y él con la amplitud de sus alas llenará, oh Emmanuel, todo el espacio de tu tierra” [Is. 8, 8]. Así, aquí muestra que en el tiempo de su llegada ya existía Emmanuel. 

P.-No por eso me convencerás de que en aquel tiempo había nacido Emmanuel. Pues éste no fue su nombre según el cuerpo sino según la divinidad, según la cual consta que Emmanuel existía no solo en ese tiempo sino también antes y después. 

M.-Entiendo ahora de tus palabras algo que antes no dijiste. Pues pareces indicar que el niño del que hablas había de ser Dios y hombre.

P.-Así lo creo, como demostré en la explicación de mi fe y lo confirmaré si alguna vez lo preguntas.

M.-Por el momento no pregunto más. Solo quiero que me digas si tienes alguna autoridad de un profeta que pruebe que aquel niño, el hijo de María, nació de madre sin padre carnal.

P.-Tengo ciertamente. Como la que dice: “Oh cielos, derramad desde arriba vuestro rocío y lluevan las nubes del justo; ábrase la tierra y brote el Salvador y nazca con él la justicia. Yo, el Señor, lo crié” [Is. 45, 8], indicó que el Espíritu Santo había de descender del cielo. Y con las que siguen: “Ábrase la tierra y haga brotar al Salvador” entendemos el cuerpo de una virgen, que había de concebir y dar la luz un hijo después de la venida del Espíritu Santo. Y en cuanto al “yo, el Señor lo crié”, se entiende que lo concibió sin padre carnal, con el auxilio de Dios. Y, dirigiéndose a aquellos que no creen, continuó: “¡Ay del que contradice a su creador, no siendo más que una vasija de arcilla de Samos!” y “Acaso dirá el barro del alfarero: ‘¿Qué haces? ¿no ves que tu labor no tiene la perfección del arte?’ y ¿Ay del que dice a su padre ‘por qué me engendraste?’ y a la madre ‘¿por qué me pariste?’” [Is. 45, 9-10]. Así, reprueba, pues, a aquellos que dudan de esto y preguntan de qué modo Dios lo engendró y desconfían de la beata María, de que parió sin unirse a varón. Contra estos incrédulos afirma el profeta: “¿Acaso yo, que doy la fecundidad a los otros, yo mismo no la tendré?’, dice el Señor. ‘Yo, que doy el poder de generar a los otros, ¿seré estéril?’, dice el Señor, tu Dios” [Is. 66, 9]. Así pues, también se muestra que hizo que fuera engendrado sin padre carnal. Estas cosas creo que bastan como demostración de que aquel niño nació de su madre sin padre carnal.